Autor: Diego Garate Maidagan. Profesor de Universidad. Universidad de Cantabria
El pensamiento simbólico se considera uno de los principales hitos en la evolución de la Humanidad. Ese legado único y primigenio tiene su mayor reflejo en las cuevas decoradas del final de la última glaciación. Su expresividad, su fuerza y su monumentalidad no nos dejan indiferentes miles de años después, pero al mismo, se trata de un patrimonio difícil de preservar. Los retos a los que se afronta el arte rupestre son numerosos. Limitar su acceso o incluso cerrar al público pueden ser parte de la solución, pero en un contexto de cambio climático y de grandes transformaciones el diagnóstico puede ser mucho más complejo a igual que las decisiones a tomar.
Hablar de patrimonio suele llevarnos a pensar en aquello que vemos: una iglesia, un casco histórico, una ferrería, una ermita o un yacimiento arqueológico. Sin embargo, algunos de los patrimonios más frágiles y valiosos apenas se dejan observar. Permanecen en la oscuridad, bajo tierra, en espacios donde el tiempo parece no transcurrir como en la superficie. Allí, en el interior de las cuevas, están plasmadas las primeras expresiones artísticas de la Humanidad.
El arte rupestre paleolítico no es únicamente un testimonio arqueológico. Es memoria profunda. Es una forma de pensamiento convertida en imagen desde que nuestra especie –Homo sapiens– llegó a Europa hace 40.000 años. Y, precisamente por eso, su conservación no puede entenderse como una tarea secundaria ni como una simple cuestión técnica. Es una responsabilidad colectiva tal y como se desprende de su declaración como Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO.
En Bizkaia, cuevas como Santimamiñe, Atxurra o Armintxe forman parte de ese legado. Pero ese reconocimiento no las hace invulnerables. Al contrario, cuanto más excepcional es un bien patrimonial, mayor es también la responsabilidad de protegerlo. Y es que la paradoja es evidente: las cuevas parecen eternas, pero en realidad son extraordinariamente frágiles.
Un patrimonio que también cambia
Durante mucho tiempo se pensó que conservar una cueva con arte paleolítico consistía, principalmente, en limitar el acceso humano y controlar algunos parámetros ambientales básicos como la temperatura o la humedad. Hoy sabemos que eso no es suficiente.
Las cuevas no son espacios estáticos. Son sistemas vivos y dinámicos. Respiran, filtran agua, acumulan gases, generan microorganismos, sufren condensaciones, forman nuevas costras calcíticas y también pierden materia. La roca cambia. El soporte cambia. Y con él, cambia también el estado de conservación de las pinturas y de los grabados.
Es decir, no basta con observar el presente, hay que anticipar el futuro. La pregunta no es solo cómo están hoy estas cuevas, sino qué procesos activos podrían alterar irreversiblemente su conservación en los próximos años. Y esa pregunta resulta especialmente urgente en un contexto marcado por el cambio climático.
El peligro no siempre es visible
Cuando pensamos en amenazas patrimoniales solemos imaginar vandalismo, expolio o destrucción directa. Pero muchas veces el verdadero riesgo es silencioso.
Un ligero aumento de temperatura sostenido durante años. Una modificación en la ventilación natural de una cavidad. La entrada de raíces desde el exterior. La proliferación de biofilms microscópicos sobre la roca. Una proliferación de murciélagos. La acumulación progresiva de CO₂. Una gota de agua que cae siempre en el mismo punto. Nada de ello parece dramático a simple vista. Pero todo ello transforma lentamente el equilibrio de la cueva.
Por ejemplo, en algunas cuevas se ha detectado una tendencia progresiva al aumento de temperatura superior a 1 ºC en la última década, incluso en sectores no visitables y sin presencia de público. También se registran elevadas concentraciones de CO₂ en determinadas salas durante los meses de verano, asociadas a problemas de ventilación natural. Esos indicadores son un claro testimonio del efecto del cambio climático y sus consecuencias irreversibles en todo el planeta.de Protección Reforzada 25 sitios desde 2023. Recientemente, el 1 de abril de 2026, han sido inscrito 39 sitios nuevos sitios a petición del Líbano.
También nosotros dejamos huella
Pero no todas las alteraciones son naturales. Muchas de las amenazas actuales tienen origen humano, y algunas comenzaron hace apenas unas décadas. La apertura artificial de accesos, la presión urbanística, la instalación de puertas herméticas, las modificaciones para facilitar visitas turísticas, la iluminación con focos de calor, los grafitis históricos o incluso antiguas hogueras han cambiado profundamente la dinámica interna de muchas cuevas.
Santimamiñe es un caso paradigmático. Desde el descubrimiento de su arte rupestre en 1916, la cavidad fue transformada, urbanizada, para facilitar su visita: se ensancharon pasos estrechos, se rompieron apoyos naturales de roca y se instalaron estructuras ajenas al sistema original. De esta manera, todas las dinámicas internas de la cavidad se vieron alteradas, provocando un deterioro grave en el arte rupestre. Desde 2005, la parte interior de la cavidad permanece cerrada al público, a la búsqueda de una estabilidad que neutralice esas afecciones.

Conservar no es cerrar, es comprender
La solución no pasa simplemente por clausurar. Conservar patrimonio no significa aislarlo del mundo, sino comprender cómo funciona para protegerlo mejor. La clave está en la monitorización inteligente y en la prevención. Obtener un buen diagnóstico de la salud del arte rupestre nos permitirá conocer su futura evolución y, en caso necesario, tomar medidas para atenuar su impacto.
Solamente puede garantizar la conservación del arte rupestre una metodología interdisciplinar que combine arqueología, geología, biología, química y tecnologías digitales para identificar los puntos más vulnerables y, de ser posible, actuar antes de que el daño sea irreversible.
Las cavidades y los paneles decorados se cartografían geomorfológicamente para conocer las afecciones actuales y las que han sufrido en el pasado. Se analizan procesos activos como filtraciones, corrosión, alteraciones del pigmento, formación de espeleotemas o colonización biológica. Se registran parámetros ambientales como humedad, temperatura y CO₂. No se trata de intervenir sobre el arte, sino de escuchar sus señales antes de que sea demasiado tarde.


Labores de campo en la cueva de Santimamiñe para la realización de una cartografía geomorfológica de los procesos físico-químicos de la cavidad.
Procesos activos en el panel principal de la cueva de Santimamiñe (proyecto Kobabes).
El verdadero riesgo: el olvido
Pero existe una amenaza aún mayor que la humedad, el CO₂ o los biofilms. Es el vacío social. La desconexión entre sociedad y patrimonio es probablemente el mayor peligro a largo plazo. Cuando dejamos de reconocer una cueva como parte de nuestra identidad, su deterioro deja de parecernos urgente. El patrimonio muere también cuando se vuelve invisible.
Por eso la conservación no puede quedar únicamente en manos de especialistas. Necesita ciencia, sí, pero también educación, participación y compromiso ciudadano. Aprender, conectar, participar. Alertar, denunciar, actuar. Generar conocimiento, hacerlo accesible y defenderlo colectivamente.
Cada bisonte, cada caballo, cada signo pintado en la roca ha sobrevivido miles de años de cambios climáticos, transformaciones geológicas y desaparición de paisajes enteros. Que su mayor amenaza pueda ser nuestra indiferencia sería, quizá, la peor de las paradojas.

Un legado que exige decisión
Gestionar el patrimonio es asumir y hacer perdurar un legado que es de toda la sociedad. Además, en este caso, la esencia de la Humanidad está presente en las imágenes que componen el arte rupestre paleolítico. Perder esa herencia sería perder una parte importante de nosotros mismos.
Es deber de las administraciones encargadas de la salvaguardia de las cuevas decoradas poner en marcha mecanismos que permitan diagnosticar su estado de conservación, así como fomentar acciones de transferencia que permitan a la sociedad conocer y disfrutar ese patrimonio. Solamente de esa manera, podremos comprender y preservar lo que nos hace humanos.
Bibliografía:
Garate, D. (2017). Los primeros artistas de Bizkaia. Las cuevas decoradas durante el Paleolítico. Kobie, serie Anejo, 15, Diputación Foral de Bizkaia, Bilbao.
Garate, D., Arriolabengoa, M., Intxaurbe, I., Salazar, S., Torres, A., Cheng, H., & Pérez-Mejías, C. (2025). Cave art resilience: An interdisciplinary proposal for monitoring the state of conservation in Santimamiñe, Lumentxa, and Altxerri heritage sites (northern Iberian peninsula). Archaeometry, 67(5), 1061–1080. https://doi.org/10.1111/arcm.13072