Autora: Marina San Martín Calvo. Profesora Titular de Universidad. Universidad de Burgos
La destrucción del patrimonio cultural constituye uno de los atentados más graves contra la memoria colectiva de los pueblos, en la medida en que supone la pérdida irreversible de los símbolos que sustentan su identidad histórica y cultural. Los conflictos armados han sido una de las principales causas de esta destrucción, ya sea como consecuencia directa de las operaciones militares o como efecto indirecto de prácticas como el pillaje, el vandalismo o la expoliación. Estas conductas, lejos de ser episodios aislados, han acompañado de forma recurrente a las guerras, provocando daños que en muchos casos resultan irreparables
La visibilización de los ataques y la sensibilización internacional
La creciente difusión informativa a través de los medios de comunicación y las redes sociales han contribuido de forma significativa a visibilizar los ataques contra el patrimonio cultural, generando una mayor sensibilización en la opinión pública internacional.
Sin embargo, esta mayor conciencia colectiva no ha logrado impedir que continúen produciéndose episodios especialmente graves, como la destrucción, total o parcial de 523 sitios culturales en Ucrania desde el inicio de la invasión rusa1; o los ataques perpetrados en la franja de Gaza que, según el último Informe de Evaluación de Daños de la UNESCO, de 19 de febrero de 2026, ha causado ya daños irreparables o la destrucción completa de 157 sitios2. Tampoco se pueden obviar los más recientes atentados contra el ya maltratado patrimonio cultural iraquí.
Lamentablemente, estos hechos no son nuevos. Desde la Primera Guerra Mundial hasta los conflictos más recientes de Irán-Iraq, Afganistán, Mali o la Guerra de los Balcanes, la destrucción del patrimonio cultural ha acompañado sistemáticamente a los confictos bélicos. Entre los casos más emblemáticos se encuentran la devastación de sitios milenarios del magnífico patrimonio cultural asirio, como Alepo, Palmira o Nimrud y la pérdida irreparable de esculturas milenarias asirias y acadias en Mosul. Todos guardamos en nuestro recuerdo terribles imágenes como la destrucción por el régimen talibán de los Budas de Bamiyán, que inundaron los medios de comunicación durante semanas, convirtiendo estas obras milenarias en un símbolo global de la vulnerabilidad del patrimonio cultural frente a la violencia ideológica y militar.
A las consecuencias directas de las operaciones bélicas se suman las que se derivan del tráfico ilícito de bienes culturales, una lacra que destruye la memoria colectiva de las comunidades a las que afecta, constituyendo una de las amenazas más persistentes para la conservación del patrimonio artístico. En las últimas décadas, este fenómeno ha experimentado un notable crecimiento, convirtiéndose en una actividad muy lucrativa que se nutre, en gran medida, de situaciones de inestabilidad política y conflicto armado. Como es sabido, cuando la riqueza económica de un Estado es inversamente proporcional a su riqueza cultural, el expolio prácticamente está garantizado
Con frecuencia, los bienes expoliados proceden de países con una extraordinaria riqueza cultural pero con escasos recursos para garantizar su protección, lo que facilita su salida ilegal hacia mercados internacionales. Los ejemplos históricos son numerosos y reveladores: El saqueo del Museo Arqueológico de Bagdad (2003), supuso la desaparición de más de 15.000 piezas, de las que unas 10.000 han podido ser recuperadas, debido a la cooperación internacional. Otros casos paradigmáticos son las reclamaciones de bienes culturales sustraídos durante ocupaciones militares, como los frisos del Partenón trasladados por Lord Elgin al British Museum en 1839, y las más de 40.000 obras de arte incautadas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, muchas de las cuales aún no han sido restituidas a sus legítimos propietarios, herederos de víctimas del Holocausto, principalmente.

Imagen: Majid Asgaripour/REUTERS
La articulación internacional de mecanismos de protección
Frente a esta realidad, la comunidad internacional ha tratado de articular mecanismos de protección del patrimonio cultural, especialmente a raíz de las catastróficas consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. En 1945 se constituyó la UNESCO, concebida como el foro internacional más adecuado para promover iniciativas dirigidas a la protección del patrimonio común de la Humanidad, principalmente mediante la adopción de acuerdos internacionales.
El primer acuerdo internacional adoptado bajo los auspicios de la UNESCO fue la Convención para la Protección de Bienes Culturales en Caso de Conflicto Armado, aprobada en La Haya, 14 de mayo de 1954. Los logros de este Convenio, que cuenta en la actualidad con 138 Estados Parte, entre ellos España, son innegables3. Introdujo la noción de “bien cultural” como un concepto unitario, clasificando los objetos protegidos en tres categorías:
- Los objetos muebles o inmuebles de gran valor valor artístico, histórico o arqueológico.
- Los edificios destinados a servir de refugio de estos objetos.
- Los centros monumentales.
El sistema de protección se fundamenta en los conceptos de “salvaguarda” y “respeto”. Mientras que la salvaguarda implica la adopción de medidas preventivas en tiempo de paz, el respeto se refiere a las obligaciones que cada Estado debe asumir una vez iniciado el conflicto bélico. Entre las medidas preventivas más reconocibles está la señalización con el emblema de la Convención, el “escudo azul”, de monumentos, museos o depósitos de obras de arte. Este símbolo, comparable en su lógica protectora al emblema de la Cruz Roja en el ámbito humanitario, pretende facilitar la identificación de los bienes culturales y disuadir de su ataque.
A pesar de su relevancia y de la amplia adhesión a la Convención, los resultados de su aplicación no han sido los esperados. Estados como Israel o Rusia que ratificaron la Convención en 1957, incumplen abiertamente sus disposiciones. Por otro lado, pocos han sido los países que han articulado las medidas necesarias para proteger su patrimonio en tiempo de paz, limitándose a señalizar los bienes culturales más significativos con el escudo azul cuando ya ha estallado el conflicto, generalmente por iniciativa de la UNESCO.
El sistema de La Haya se completa con dos Protocolos. El primero de ellos, de 1954, con resultados más que discretos, exige a los contendientes que impidan los actos de pillaje a sus tropas. El Segundo Protocolo (1999) introdujo una herramienta de especial relevancia: la Lista de Bienes Culturales bajo Protección Reforzada que, aunque no goza de la popularidad de la Lista del Patrimonio Mundial en Peligro, alberga importantes bienes culturales, cuya protección ante ataques bélicos necesita ser garantizada. La UNESCO, a solicitud de Ucrania, ha incluido en la Lista de Protección Reforzada 25 sitios desde 2023. Recientemente, el 1 de abril de 2026, han sido inscrito 39 sitios nuevos sitios a petición del Líbano.

CONCLUSIÓN
La protección del patrimonio cultural ha experimentado un desarrollo notable en el ámbito internacional, impulsado en gran medida por la labor de la UNESCO. Sin embargo, los desafíos siguen siendo importantes. La persistencia de conflictos armados, la insuficiente aplicación del Convenio de la Haya de 1954 y el crecimiento del tráfico ilícito continúan poniendo en riesgo un patrimonio que pertenece no solo a los Estados en cuyo territorio se radican, sino a toda la Humanidad.
Garantizar su integridad significa asegurar que las futuras generaciones puedan acceder a los vestigios materiales y simbólicos que constituyen el testimonio de nuestra civilización compartida.


La iglesia ortodoxa griega de San Porfirio (Gaza), que data del año 425 y conocida como la tercera iglesia más antigua del mundo, antes y después de su destrucción por el ejército israelí en julio de 2024. Imagen: Omar al-Qattaa/Getty Images
FOTO PORTADA: Iglesias destruidas o gravemente dañadas durante la invasión rusa de Ucrania. De izda a dcha, Catedral del Arcángel San Miguel (Mariupol), Iglesia de la Ascensión del Señor (Kiev), Iglesia de San Jorge (Zavorichy). Imagen: State Service of Ukraine for Ethnic Affairs and Freedom of Conscience (DESS)
1 Datos obtenidos de la página web de la UNESCO, actualizados a fecha de 25 de marzo de 2026. https://www.unesco.org/en/ukraine-war/damaged-cultural-sites.
2 Datos actualizados a 6 de abril de 2026. Disponible en https://www.unesco.org/es/gaza/assessment.
3 España ratificó la Convención de la Haya de 1954 en 1960. Los datos sobre ratificación y entrada en vigor de éste y otros tratados internacionales gestionados por UNESCO, así como sus textos auténticos, están disponibles en la página web de la organización, portal.unesco.org