Ser o no ser, esa es la cuestión

Autora: Aintzane Erkizia Martikorena. Universidad del País Vasco. Departamento de Historia del Arte y Música

Las Jornadas Europeas de Patrimonio de 2026 dirigen la mirada hacia el patrimonio en riesgo y a reflexionar sobre los desafíos que afronta hoy la conservación de nuestro legado cultural. En sintonía con este enfoque necesario, este artículo propone una reflexión sobre los peligros que amenazan el patrimonio, que no solo son las destrucciones directas en conflictos armados, sino también otras formas más silenciosas, aunque igualmente devastadoras, como la desidia y la desatención.

Expolio y destrucción

Uno de los hechos que más perjudica al patrimonio cultural es, sin duda, el expolio y la destrucción directa. El siglo XX ha pasado a la historia -entre otras razones- por sus recurrentes guerras altamente destructivas en todos los sentidos, al mismo tiempo que ha aportado a la humanidad instituciones, leyes y protocolos para la protección del patrimonio en casos de conflictos armados, como los propuestos por la UNESCO, fundada precisamente en 1954 con esta misma finalidad. El siglo XXI no se queda a la zaga en cuanto a la exhibición de la capacidad que tiene el ser humano de destruir su patrimonio cultural y natural, y una entrada de este mismo blog ya recogió acertadamente unas ideas sobre el patrimonio en peligro en los incesantes conflictos armados que asolan nuestro siglo.

Como siempre lamentamos las personas que nos dedicamos a estudiar el legado histórico, en caso de crisis financieras y económicas, el patrimonio cultural es uno de los grandes sacrificados por considerarlo superfluo, por verlo como un lujo, y no como una necesidad. Sin embargo, cuando se trata de destruir, los bienes patrimoniales son un claro objetivo, como señaló Robert Bevan en su ensayo La destrucción de la Memoria (La Caja Books, 2019), y como demuestran los daños ocasionados de forma intencionada al patrimonio en los conflictos actuales. Resulta por lo menos curioso observar cómo un bien patrimonial es considerado objetivo militar cuando se trata de dominar un pueblo y, al mismo tiempo, se estima innecesario su mantenimiento cuando no hay conflicto armado. En ambos casos, el resultado es desastroso.

Durango (Bizkaia). Parroquia de Santa María de Uribarri, bombardeada en 1937.

Desidia y desatención

Por esta razón, debemos subrayar que, frente a la destrucción intencionada, existe otro importante peligro para el patrimonio: la desidia y la desatención. De hecho, la gran pérdida patrimonial que estamos viviendo en los países europeos -exceptuando la invadida Ucrania-, se debe al desinterés de buena parte de la ciudadanía y sus gobernantes hacia el patrimonio en general, y al patrimonio religioso en particular.

Tal vez el error sea tener una visión excesivamente mercantilista del patrimonio, en el que las instituciones que velan por su conservación y traspaso al futuro miden la importancia del patrimonio en términos calculables y lo expresan en hojas de cálculo: gastos de mantenimiento, beneficios de explotación, rentabilidad, número de visitantes y otros términos meramente económicos que, cuanto más altos sean, mayor valor tiene el objeto patrimonial. En la dictadura del beneficio es innato medir la rentabilidad económica de un bien patrimonial, y desde esta perspectiva el patrimonio siempre es deficitario salvo en los casos de turistificación salvaje, en el que se paga otro tipo de precio. Sin embargo, no es lo mismo valor que precio, y el gran valor real del patrimonio no es medible en términos económicos aparentemente utilitarios.

Una de las reflexiones más cabales sobre el utilitarismo del patrimonio y la cultura se la debemos a Nuccio Ordine y su brillante ensayo La utilidad de lo inútil (Acantilado, 2013), en el que reúne numerosos argumentos en defensa de la cultura que toda persona actual debería meditar. El pensador italiano demuestra que si se presta atención a la utilidad real de lo considerado inútil, se advierte la inutilidad real de lo considerado útil. La conclusión es clara: la cultura es el líquido amniótico en el que se desarrollan la democracia, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la tolerancia y el pensamiento crítico y, además, se construye la identidad colectiva. Esa es la utilidad del patrimonio, ese es su valor.

Pero es que a la perspectiva utilitarista del patrimonio se le añade otra visión igualmente perjudicial, que es la de no juzgarla como algo propio, el no sentirse parte de ese bien y, con ello, no prestarle atención. La sociedad secularizada actual está desvinculada con su historia religiosa y concibe las iglesias históricas como unos espacios meramente religiosos, unos espacios que no les pertenecen. Con ello desatiende su valor histórico, que es inmensamente mayor al valor religioso que han tenido hasta un pasado cercano y que ahora es agónico. Esa desatención se ha convertido en un gran riesgo para la conservación del patrimonio. Mucha gente se consternó con el incendio de la icónica catedral de Notre Dame de París en 2019 y donó dinero impulsivamente para su restauración, mientras asisten impasibles al declive de las viejas iglesias de sus pueblos.

Arana (Treviño). Antigua parroquia de la Asunción de Nuestra Señora. Testigo de un tiempo, ahora languidece en la naturaleza.

Patrimonio es identidad

El enunciado tantas veces repetido de que un pueblo sin pasado es un pueblo sin futuro, atribuido apócrifamente a muchas personalidades históricas, cobra más fuerza en el caso del patrimonio religioso de los pueblos pequeños. Las iglesias y sus muebles son una puerta al pasado que necesitamos conocer para comprender el presente, puesto que somos el último eslabón de una larga cadena histórica cuya materialización es la iglesia del pueblo. Son el legado que han dejado los habitantes de pequeñas localidades de nuestro entorno, personas anónimas que no constan en los anales de la historia pero que, sin embargo, también han hecho historia. Básicamente, estas iglesias nos están contando quiénes somos.

Las iglesias suelen ser los edificios más antiguos conservados de la mayoría de los pueblos y, con ello, son los lugares que concentran la memoria colectiva de esta comunidad. Históricamente, las iglesias han sido los espacios públicos para la interacción social, lugares donde todo el pueblo se reunía en los rituales de paso. Dentro y alrededor de la iglesia se enterraba a los familiares y eso hacía que fuera el lugar donde se podían encontrar con sus antepasados y su identidad familiar y colectiva. Sus torres y espadañas han actuado como faros del paisaje y de la ordenación del territorio, y sus campanas estructuraban las horas del día y daban aviso de todos los eventos comunitarios. Todo esto las convierte en una herramienta valiosa para el conocimiento de nuestra historia.

Cada generación ha dejado una huella en su iglesia, puesto que ha sido un edificio en uso durante siglos, de tal manera que cada iglesia histórica se compone de muchas capas que es necesario mirar con atención para desvelar en ellas a esos antepasados cuya historia nadie ha escrito. Son un testimonio directo de una microhistoria local que, a su vez, son pequeñas unidades de una macrohistoria global, ya que cada una de las iglesias y ermitas -como cada una de las personas que han vivido en la historia- están conectadas a otras.

Deberíamos prestar atención a ese carácter glocal de nuestras iglesias y ermitas, porque nos ubica en el tiempo y en el espacio, porque el patrimonio nos otorga el relato de quiénes somos aquí y ahora, y construyen el relato de la identidad. No en vano la UNESCO calificó la destrucción del patrimonio cultural como un crimen de guerra, porque atenta contra la integridad cultural de un grupo de personas, porque destruye sus espacios, sus acciones, su historia y su identidad. Como predica el ensayista Simon Jenkins, cuando hablamos de patrimonio, no se trata de tener más, sino de ser más. Porque el patrimonio no se tiene, se es. Entonces ¿qué queremos ser en el futuro?

Lesaka (Navarra). La parroquia, situada en una alto, vigila a la comunidad que construye la historia a su alrededor.

FOTO PORTADA: Trokoniz (Araba). Las iglesias de pueblo son elementos históricos para la ordenación del territorio y cuentan nuestra historia glocal.

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