Vivencias sobre raíles

Autora: Edurne Etxebarria Legina

Filóloga

 

Este texto no es una investigación científica, sino una reflexión sobre el tren. En nuestro entorno, nos hemos movido en tren. Mi deseo es narrar vivencias de nuestra familia y de otros habitantes del pueblo en el que nacieron, siempre relacionadas con el tren.

Desde que el ser humano está en el planeta llamado Tierra ha tenido que esforzarse para sobrevivir: ha tenido que conseguir alimento, refugio, ropa, herramientas, aperos… Para satisfacer sus necesidades abrió caminos que se conservan desde la prehistoria hasta nuestros días. Por esos caminos transitó andando mientras no hubo otras alternativas. Conforme se fue desarrollando la sociedad, se inventaron otros medios de transporte, entre ellos, el ferrocarril.

En la década de los sesenta del siglo pasado, íbamos desde Bilbao al pueblo donde vivían aittitte y amuma en el caserío. Íbamos en verano, en Navidad, en Semana Santa, en las fiestas del pueblo. Bajábamos andando —desde nuestro barrio, Arangoiti— los hermanos, aitte y ama; estos con una maleta cada uno. En Deusto cogíamos el tren que hacía el trayecto Plentzia-San Nicolás y, una vez en San Nicolás, caminábamos hasta Atxuri por las Siete Calles.

En aquel tiempo, en las Siete Calles había muchas tiendas y bares; por allí hacían las compras la gente de Bilbao y de los barrios y pueblos de Bizkaia. Aita conocía a mucha gente:

— ¿Qué, ya vais?
— Sí, vamos al pueblo y tenemos que coger el tren en Atxuri.
— Andar bien.

Bilbao era pequeño entonces.

Yo, en cuanto veía la estación de Atxuri, me emocionaba, me ponía contenta, nerviosa. Allí nos aguardaba el tren que nos llevaría al pueblo; trenes llamados «Zugaztieta» o «Gernikatxu». Aunque aún era una niña, era capaz de sentir, de percibir la belleza de esa estación; siempre me ha parecido hermosa. Los padres compraban los billetes; unos billetes de color marrón, que tenían un agujerito en el centro. Del vestíbulo se pasaba al andén a través de una puerta donde se colocaba el interventor, que nos agujereaba («picaba») otra vez el billete. En el andén aguardaban los trenes que iban a Donostia o a Bermeo. Si se cogía el de Donostia, había que hacer transbordo en Amorebieta (Zorrontza para nosotros).

A veces se hacía el transbordo inmediatamente, pero otras había que esperar; en aquel tiempo no había trenes con tanta frecuencia. Nosotros, los niños, nos aburríamos, teníamos hambre, sueño y preguntábamos constantemente que cuándo vendría.

El tren era muy bonito. En cada vagón había una plataforma, una especie de balconcito de hierro; dentro del vagón, los asientos eran de madera. En la parte superior había portaequipajes, también de madera.

La gente con la que compartíamos el viaje era euskaldun en su mayoría y las conversaciones eran en euskara; muchos eran conocidos. Coincidíamos porque los que vivíamos en Bilbao íbamos a los pueblos en los días señalados. Había un gran ambiente, se palpaba la alegría.

Los adultos hablaban entre ellos y nosotros, los pequeños, sentados en el lado de la ventanilla, viajábamos contentos mirando el paisaje. El tren iba parando en todas las estaciones: Bolueta, Etxebarri, Ariz, Zuhatzu, Usansolo, Bedia, Lemoa, Amorebieta (Zorrontza para nosotros). Allí, cuando tocaba, hacíamos el transbordo, que nosotros vulgarmente llamábamos el «trasbordo», y enseguida llegábamos a Zugastieta. En cada estación había un edificio donde se compraba el billete y donde, probablemente, vivía el jefe de estación. Eran de ladrillo oscuro, seguramente ennegrecido por el humo de los trenes. Tras parar en cada andén, y subir y bajar los viajeros, el jefe de estación le daba la orden de salida al maquinista con el banderín y el silbato.

El paisaje no era agradable, al menos hasta Amorebieta. Las aguas del río eran verdes, sucias; en Bilbao, el verde se convertía en marrón. De niña creía que todos los ríos tenían ese color. Junto a los ríos había muchas fábricas que echaban la porquería a sus aguas. Vivíamos en un entorno muy contaminado: el aire, la tierra, los ríos…

De Amorebieta a Zugastieta no había tantas fábricas y el paisaje era verde, lleno de árboles y plantaciones de pinos. Cuando el tren empezaba a bajar el puerto de Autzagane, entre los pinos se entreveía Gorozika nuestro pueblecito. La estación de nuestro destino era, y es, Zugastieta, y para subir desde ella a Gorozika hay 2 km. Aittitte venía a recogernos con el carro o los tíos con la moto. ¡Qué alegría sentíamos!

 

Entre los habitantes de Gorozika había bastantes cesteros. Nuestros dos aittittes, Juan Legina (su hermano José Domingo) y Bittoriano Etxebarria, lo eran; recuerdo también a Francisco Etxeandia y a Felix Larruzea. Había más, pero estos son los que conocí porque eran vecinos. Yo pasaba horas viendo como aittitte hacía cestos y también sillas.

«Aprendí»… el proceso. Trabajaban con la madera de castaño traída de Gipuzkoa. Cuando preguntaba de dónde se traía la madera, siempre respondían: «de Gipuzkoa», sin precisar. Al parecer, iban a comprarla personalmente y luego la enviaban en un camión. Recuerdo que no eran troncos gruesos, sino delgados; seguramente se trataba de ramas. La corteza era negra, oscura pero, por dentro, la madera era muy blanca. Metían esas ramas o troncos delgados en el riachuelo para que se ablandaran y, después, les pelaban la corteza; a continuación, cortaban las tiras, flexibles, que usaban para hacer los cestos y los asientos de las sillas. Los cestos se usaban para recoger la hierba y demás productos del campo, sin olvidar que también servían para guardar y transportar el mineral de hierro.

Algunos llevaban los cestos al mercado de Gernika y allí los vendían; iban en el tren, claro. Hasta la estación en burro o a la espalda. Otros, en cambio, iban a Bilbao en el tren o los «facturaban» como mercancía. En Bilbao, en la calle Somera, una mujer de Gorozika, Juanita Irazabal, tenía una tienda donde vendía el género comprado a los cesteros de Gorozika. El nombre de la tienda era Larraondo, que era el apellido del marido.

De todas formas, no todos los cesteros se quedaban en el pueblo, algunos iban a otros lugares donde había trabajo. Osaba Urrufino me contaba que su amuma (nuestra birramuma), Maitton Larruzea, tenía un hermano, Anton, que fue a la zona minera a trabajar, a hacer cestos. Tras marchar de casa, como no era tan sencillo mantener el contacto con la familia desde la distancia, pensó en ir a buscarle.

—«Pero ¡cómo vas a ir, si no sabes ni por dónde tienes que ir!, le decían.
—Ya le encontraré, respondía.

Era finales del siglo XIX y tuvo que hacer un largo viaje. Primero de Gorozika a la estación de Zugastieta andando para coger el tren a Bilbao. Después de llegar a Atxuri, a La Naja y allí tomar el tren de Muskiz. Una vez en Trapagaran, subió a Zugaztieta (La Arboleda), en palabras de osaba Urrufino: «primero por el Valle, entonces igual ya había funicular o igual no, y desde allí a la Arboleda». Allí preguntó a ver si conocían a Anton, el cestero, y alguien le dijo que sí; entonces fue a Galdames por el monte (Ganeran seguramente), siguiendo caminos forestales.

Cuando encontró a Anton, volvieron los dos a Gorozika, pero el hermano nuevamente fue a Galdames y vivió por esa zona.

Más tarde, en los años cuarenta del siglo XX, osaba Urrufino solía ir en verano a Indusi a ayudar a aittitte y amuma maternos que tenían un molino. Contaba que iba andando de Gorozika a Zugastieta, luego en tren hasta Lemoa; allí cogía el tranvía hasta Igorre y después andaba siete kilómetros (según decía) hasta Indusi.

Ya en Indusi, se levantaba de la cama pronto porque había que poner en marcha el molino y moler los granos. Había que tener en cuenta cómo hacer la harina, si más fina o más áspera, y reparar la muela que se «picaba» con una especie de martillo. La que molía el maíz no se estropeaba tanto; sin embargo, la del trigo, sí. Esa se «picaba», más o menos, cada veinte días.

Hay quien ha pensado que otros medios de transporte sustituirían al tren, pero no ha sido así. Aquí permanece y continúa evocando recuerdos y añoranzas de las vidas asociadas al ferrocarril.

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